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Arthur Rosenberg

 

Nació en 1889 en Berlín y murió, con 54 años, exiliado en Nueva York en el año 1943. Estudia en la universidad de Berlín, donde hace una carrera brillante, siendo alumno de Eduard Meyer, especialista en historia clásica y de ideas ultraconservadoras. Rosenberg se consolida como especialista en historia antigua (Grecia y Roma). Escribirá “Democracia y luchas de clases en la Antigüedad” en 1921 y “Historia de la república de Roma” donde encuentra importantes analogías sociales con el presente.

Al estallar la Primera Guerra Mundial fue incorporado a la Oficina Central del Ejército, centro de espionaje que ejercía sus funciones tanto hacia al exterior como hacia el interior, verdadero y gigantesco estado dentro del estado.

Su incorporación a la plana mayor de los servicios de espionaje lo convertirán en un testigo de excepción, tanto de la guerra y de los movimientos políticos de las diversas potencias, como del proceso político y social alemán, observados desde el conocimiento de los entresijos más secretos. Todo esto lo convierte en uno de los autores indispensables para el estudio de la República de Weimar, sobre la que escribirá varias obras.

Sin interés por el pensamiento de izquierda en su juventud, será con el fin de la primera guerra mundial cuando en el año 1918 se afilie al Partido Socialista Independiente y posteriormente, en 1920 ingresa en el Partido Comunista. Desde esta fecha participará activamente en política. Será miembro del consejo municipal de Berlín, en 1921, asiste como delegado al congreso de Jena. Nombrado responsable de las publicaciones del partido, desempeña esta función durante los años 1922 y 23 y es elegido diputado en el parlamento alemán en 1924. Dentro del Partido, se desempeñará como responsable de sus publicaciones en los años 1923-24, también en esta fecha se incorpora a la corriente de izquierda interna. Participa en el V congreso de la Internacional Comunista, donde forma parte del ejecutivo ampliado. En 1927 abandona el Partido Comunista, alegando que la revolución ha dejado de ser una posibilidad inmediata: Las masas han sido derrotadas y el partido no puede pretender ser el sustituto de las mismas. Hasta el final de sus días Rosenberg sería un comunista sin partido.

 

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